10 agosto, 2015

Viajes Mentales

    En varios momentos de mi vida cotidiana le llegué a decir a mi papá que quería ser mochilero cuando cumpliera dieciocho. Mi mamá también sabía porque a ella no se lo decía varias veces sino que eran miles. Llegue a decirle cuando tenía dieciséis que quería irme inmediatamente por toda Sudamérica empezando por la costa de Colombia, quería descubrir al mundo desde que era un niño. Pensaban que estaba loco, que esto iba a traerme muchos problemas a mí y a ellos. A los nueve recuerdo cuando con emoción compré mi primera guía de Valentina Quintero. ¡Vaya! Esa señora sí que sabía cómo hacerme recorrer Venezuela solo hojeando esas páginas. Me recuerdo cuando estaba en cuarto grado y mi maestra me regañó por estar hablando, me puso de pie y me preguntó todos los estados y sus capitales mientras yo paseaba por mi mente por una tal Asunción que no conocía o una Tucupita que solo estaba en letras en mi cabeza. Pasaron los años y yo seguía con el afán de ir a Mérida o llegar a ese lugar misterioso que llamaban “Paria”. Pero como en toda historia malévola, la sociedad jugaba su papel más importante, el insistirte en que debes querer más y no ser el diferente o el extraño bohemio que quiere irse por todo el mundo sin antes estudiar o hacer las cosas que muchos llaman comunes.

Una tarde siendo libre en un paraíso

   Cuando estaba adolescente por mi cabeza jamás pasó la posibilidad de irme solo a algún lugar y regresar vivo. Me aterrorizaba saber que existía la posibilidad de perderme o que no iba a encontrar la ruta más adecuada y segura. Es que los medios asustan. Hay inseguridad pero tampoco es que no se puede viajar tranquilo. Es cuestión de andar muy pendientes. Dejé de ser adolescente y he podido hacer cosas que antes sentía que no podía hacer porque muchos factores sociales me limitaban. Siempre está el que viene y te dice -¿Viajar? ¿De mochilero? Esos andan sin real y hasta se la pasan fumando “creepy”- y son comentarios que nunca faltarán. Pero cuando te das cuenta que son solo paradigmas de personas que crean o creen en los estereotipos te terminas de dar cuenta que por querer ser mochilero no significa que va a ser como muchos piensan.

   Todo iba mal, la vida que llevaba no me dejaba prestar atención a lo que de verdad quería. Por un lado en la repisa de mi habitación donde coloco mis libros más preciados estaban mis tomos de geografía o el diario de las aventuras de Alejandro de Humboldt donde narra cuando por accidente desembarcó en Venezuela y se aventuró por el Orinoco identificando especies de plantas y animales y por otro lado siempre existían las responsabilidades que aún no dejan de existir. Pero les digo algo, no poder viajar físicamente me hacía soñar con las aventuras más aventureras de todas por lugares insólitos. Me llegué a imaginar escalando el Salto Ángel o tomando una foto de mi reflejo en el Salar de Uyuní en Bolivia. Mi mente no descansaba, era como repetir y repetir una película cambiando de escenario siempre.

   A mi edad, después de dos años y un poco más, sé un poquito más sobre viajes, las aventuras se convirtieron físicas. Hacer lo que me gusta es el éxtasis, lo que llaman elixir de la vida para mi es viajar y descubrir nuevas culturas, es salir y oler el olor a verde, a esa vegetación que descubres solo cuando sales de tu casa y vas a lugares únicos. Con lo que he aprendido he descubierto que nunca jamás podré dejar de viajar. Jamás. Aunque esté dentro de lo que llamamos rutina siempre viajaré así sea con mi mente, nunca dejaré de buscar aventuras. Me siento como ese niño que corría libre por el parque sobre el follaje que dejaba la sequía, ese que corría porque veía esos árboles inmensos cubrir todo, ese que quería ver más y más, al que los parques se le volvían pequeños psicólogos de sus tardes cuando todos los días visitaba a su abuela.

   Me fui convirtiendo en grande como todos los niños desean y aquí estoy, con sueños y metas por cumplir, con viajes por el mundo que solo mi mente conoce y con lugares físicos que han sido parte de mí y de mi historia. Seguiré el rumbo que mi mente diga…estoy seguro que si le hago caso pasarán cosas buenas pero sé que no puedo dejar de oír mi corazón y es cuando sale en contexto la frase que siempre he oído y me pesa: “piensa con la mente y no con el corazón!. La refuto. Totalmente. ¡También hay que hacerle caso a ese señor!...sin él estaríamos perdidos, viviríamos como robots. Si no le hago caso ni por un segundo a mis sentimientos llegaré quizás al lugar que quería pero habré dejado atrás mis más preciados sentimientos, mis afectos y eso es algo que nunca podré dejar de un lado. Por eso digo que prefiero que los dos me guíen y me lleven a cumplir mis sueños, como ese niño que buscaba corriendo la felicidad en el parque por la tarde.



3 comentarios:

Unknown dijo...

debe ser muy interesante viajar por un pais tan diverso y bello

Unknown dijo...

Buenas noches hermano, tienes alguna forma de mantener comunicación con los seguidores?

Unknown dijo...

HOLA MI NOMBRE ES Elisa Gil de VALENCIA TENGO 36 AÑOS ME APASIONA EL TURISMO ME GUSTARÍA SER PARTE DE ESA AVENTURA COMO ARIA PARA VIAJAR CON TIGO Y SER UNA MOCHILERA TE DEJO MI NUMERO TELEFÓNICO PARA QUE ME CONTACTES 042694440009 GRACIAS